En las sábanas blancas

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A los niños antiguos, los adultos no tenían el menor problema en fastidiarnos, en meternos miedo para divertirse, en gastarnos bromas de repetición exasperante. Nosotros lo sabíamos, pero aun así caíamos en la trampa, no sé si por una absurda esperanza infantil de que aquella vez las cosas fueran de otro modo, o simplemente por un reflejo tan inmediato como el de un perro que no puede no salir corriendo detrás de una pelota que se le arroja. Una de las bromas que nos hacían a los niños antiguos, pasada la cena, a la hora siempre prematura de irse a la cama, de deportarnos a la soledad fría del dormitorio mientras ellos seguían en sus cosas, era decirnos, en un tono de promesa: “Y ahora nos vamos al cine”. Nosotros sabíamos que eso era imposible, y que el adulto se estaba burlando, y sabíamos tan bien como él cuál sería el final de la broma, pero a pesar de todo no podíamos evitar una palpitación de entusiasmo, la disponibilidad del niño para lo inusitado.

[…]

Seguir leyendo en EL PAÍS (07/02/2015)